Que la calle no calle

Venezuela 2017

Si hay algo que todos debemos admirar y aplaudir del país hermano es que la cultura es para todos y todas, que está ahí al alcance de todo el mundo. Está en las plazas, está en la calle

Les tengo que contar una anéctoda. Nos hospedábamos todos los cuenteros juntos en un barrio de El Tocuyo, barrio humilde, casas bajas, calles de tierra. La segunda o tercera noche, alguien llamó a la puerta (después de que habíamos regresado todos de contar en distintas escuelas del departamento) y preguntó si era cierto que ahí había cuenta-cuentos. La respuesta es obvia, la siguiente pregunta fue si ellos (eran 2) podían escuchar.

A la carga, el primero que salió fue Gustavo Viera, atragantado con la mitad de la cena por masticar, salió a la callejuela sin vereda; previo a ello nos había hecho una seña y salimos varios. Contamos unos cuentos y nos despedimos. Nos dieron las gracias y se fueron a cenar o dormir porque ya era tarde.

Cuál sería nuestra sorpresa cuando la noche siguiente, volvieron a golpear nuestra puerta. Ya no eran dos, eran más. Se acomodaron a los lados de la calle sin vereda, algunos se sentaron en unas piedras, otros se apoyaron sobre la reja de un vecino. Otros vecinos se asomaron desde sus casas sin salir y una nueva función empezó.

Se los resumo, noche tras noche se fueron sumando más y más, venían con sus padres, tías, perros y más parientes, traían sus sillas o banquetas, traían sus ganas de escuchar y sus aplausos, traían su fantasía y ganas de soñar y nosotros les dejábamos todo.

Amé esas funciones, amé esos aplausos, amé ese barrio, esa callejuela sin veredas, amé esas personas que nos regalaron -ellos a nosotros- las funciones más hermosas de mi vida.

Calle. Serían las once de la noche…

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